martes, 19 de febrero de 2013


Papá del Alma

Todos tenemos derecho a la oportunidad que Dios nos da de vivir.  No importa la ignorancia, la avaricia ni la maldad, somos Seres con Alma, y eso es lo que cuenta.

Por dificultades propias y hasta por ayuda de las ajenas, solemos cometer errores y desaciertos, pero no por eso dejamos de ser Seres.  Así como somos capaces de percibir y reconocer los errores y fallas en los otros, así, de la misma manera, debemos ser lo suficientemente claros y luminosos para no criticar y sí ayudar.

¿Quiénes, por gusto, prefieren ser malvados y malignos?  ¿Serán aquellos que en la oscuridad no reconocen otra manera de vivir mejor?
Rencor, envidia, bronca, caprichos, mal humor; ¿de qué nos sirven y para qué nos sirven?

Falleció papá, y como me siento ahora digo que de una manera inevitable uno llora, sin saber por qué, pero uno llora.  Seguramente ha de ser la tristeza y la melancolía que se despiertan y nos aflojan, pero…  ¿qué es lo que verdaderamente largamos y liberamos?

Preparando el mate me acordé de los mates de papá, y de las veces que me llevó al jardín de infantes, y de su juego, y de su alegría, y de su querer estar bien.
Fue una molestia y motivos de enojo durante muchos momentos, pero claro, en esos momentos, era yo el que tenía que dar.
Logré entenderlo y comprenderlo, esa es mi mayor alegría, la de haber transformado mi sentimiento hacia é: cambié el trato de víctima de su enfermedad a la de hijo agradecido.

Gracias a Dios a que pude comprender las historias y modificar mis propias visiones es que pude reconocer en él a un Ser, sencillo y quizás incapaz en ciertos aspectos, pero me dio lo que pudo, como yo hoy hago con el mundo.
Por eso es que digo que no debemos reclamar y sí ayudar, porque si miramos mejor sobre nosotros mismos, nos daremos cuenta que, seguramente, nosotros también estamos en falta.

Fernando Barletta
Artebar Buenos Aires - Escuela de Actuación
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miércoles, 13 de febrero de 2013


Hagámonos cargo
(Escrito por Fernando Barletta)

Parece ser que una actitud humana muy habitual es la de echar culpa a otros en aquellas situaciones en que algo anda mal.  El excelente libro La Culpa es de la Vaca (Jaime Lopera Gutiérrez y Marta Inés Bernal Trujillo – 2002, Intermedio Editores-) nos ayuda a ilustrarnos con una curiosa anécdota:

“Este texto, cuyo resumen fue publicado originalmente por el profesor Fernando Cepeda en su columna habitual de El Tiempo, es una excelente demostración de una conducta muy nuestra relacionada con la ramificación de la culpa.

Se estaba promoviendo la exportación de artículos colombianos de cuero a Estados Unidos, y un investigador de la firma Monitor decidió entrevistar a los representantes de dos mil almacenes en Colombia, La conclusión de la encuesta fue determinante: los precios de tales productos son altos, y la calidad muy baja.

El investigador se dirigió entonces a los fabricantes para preguntarles sobre esta conclusión.  Recibió esta respuesta: no es culpa nuestra; las curtiembres tienen una tarifa arancelaria de protección de quince por ciento para impedir la entrada de cueros argentinos.  A continuación, le preguntó a los propietarios de las curtiembres, y ellos contestaron: no es culpa nuestra; el problema radica en los mataderos, porque sacan cueros de mala calidad.  Como la venta de carne les reporta mayores ganancias con menor esfuerzo, los cueros les importan muy poco.  Entonces el investigador, armado de toda su paciencia, se fue a un matadero. Allí le dijeron: no es culpa nuestra; el problema es que los ganaderos gastan muy poco en venenos contra las garrapatas y además marcan por todas partes a las reses para evitar que se las roben, prácticas que destruyen los cueros.  Finalmente, el investigador decidió visitar a los ganaderos. Ellos también dijeron: no es culpa nuestra; esas estúpidas vacas se restriegan contra los alambres de púas para aliviarse de las picaduras.

La conclusión del consultor extranjero fue muy simple: los productores colombianos de carteras de cuero no pueden competir en el mercado de Estados Unidos "¡porque sus vacas son estúpidas!"

Esta anécdota lleva a preguntarme cuántas veces en mi cotidiano no puedo hacerme cargo de las cosas y termino culpando a los otros.  Y luego, claro, cuando ese inevitable futuro poco venturoso finalmente se convierte en un presente desdichado vuelvo a recriminarme por haber elegido mal en las últimas elecciones presidenciales.

¿Por qué no nos podemos hacer cargo de las cosas?  ¿Qué nos duele si lo hacemos?

No lo sé.  Apenas puedo conjeturar.

Asumir errores y falencias no es fácil, debe existir para ello la capacidad personal de enfrentar una realidad que puede desagradarnos, descalificarnos, o desvalorizarnos.  Pero, a mi criterio, nada más lejos de la verdad; el desagrado, la descalificación y la desvalorización, son siempre proyecciones propias hacia lo que los otros pueden pensar de nosotros.  Y esa proyección nos aprisiona.

Si somos capaces de aceptar un yerro o una falencia podremos, entonces, ser capaces de corregirla; y así, CRECER.  En cambio, mientas tengamos la tendencia de señalar a los demás como culpables de lo malo, nos dejará inermes ante el problema pues la solución o la mejora estará siempre fuera de nosotros…  ¡Y terminaré disparado yendo a ver a la tarotista para que me diga cuál es mi destino!

Y esta última opción no me resulta muy linda, creo que prefiero hacerme cargo de lo que me toca.


Fernando Barletta
Artebar Buenos Aires - Escuela de Actuación

martes, 5 de febrero de 2013

 

Todo es cuestión de Compromiso



 (Articulo Extraído de La Nación Digital)

Según un antiguo relato, tres albañiles trabajaban colocando ladrillos uno encima de otro.   Un extraño al lugar se acercó y les preguntó qué hacían.   Uno dijo: "Alineo ladrillos".  El segundo respondió: "Levanto una pared".  El tercero afirmó: "Construyo una catedral".

¿Cuál de ellos habría de comprometerse más profundamente con su labor?

Posiblemente el último, puesto que veía más que ladrillos, más que una pared; él veía un “propósito”, un sentido en su faena.  Había una promesa en lo que hacía.  Y el compromiso encierra una promesa.  Pero no una promesa en el vacío o hija del voluntarismo (que no es sinónimo de voluntad), sino aquella que se forja en el camino compartido, en las experiencias atravesadas codo a codo, en la historia escrita en conjunto y que se sella, ahora sí, con la voluntad de prolongar ese viaje en las buenas y en las malas.

En vista de lo anterior, el compromiso se cuece a fuego lento en el tiempo, y madura en la permanencia.  No puede anticiparse sin abocarse a la tarea de conocer al compañero de viaje. En El arte de amar (profundo y clásico tratado sobre los sentimientos), Erich Fromm (1900-1980) señala que el amor no debe confundirse con simple satisfacción sexual ni con el mero hecho de estar acompañado.  Esas son dos vías para escapar de la soledad que acaban por producir sufrimiento y desintegran al amor.  La verdadera satisfacción sexual, apunta, la que va más allá del contacto fugaz y genital, es el resultado del amor.  Y también lo es la verdadera compañía.

Comprometerse con el otro (compartir la promesa, eso significa compromiso) lleva tiempo, requiere reconocer a ese otro como tal y no como un simple objeto de uso.

Estas capacidades para la relación humana están hoy debilitadas, cuando no ausentes en muchas personas. El auténtico compromiso no consiste en alinear ladrillos al mismo tiempo, sino en construir juntos una catedral.


Fernando Barletta
Artebar Buenos Aires - Escuela de Actuación
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